El cuento es un género literario de extraordinaria importancia, tanta que rebasa los límites de la literatura infantil y llega a la literatura adulta dejando, a veces, de ser patrimonio exclusivo de los niños, a los que tampoco iba destinado en un principio. El motivo parece claro: el cuento no nació como género infantil, sino como entretenimiento general; es, en otras palabras, un claro antepasado de la literatura. Además, gracias a los cuentos, se conservan antiguas costumbres de los pueblos y sus relaciones entre sí. El cuento, en definitiva, también es objeto de la investigación folklórica.
Con ello entramos en el carácter oral del cuento y, como tal, en su tradición transmitida de boca en boca, de generación en generación. No olvidemos que “cuento” viene de “contar”, de hablar, en fin. La literatura nació como algo oral, de ahí la importancia que tiene para nosotros el folklore de los pueblos primitivos, porque es la única forma de conocer su cultura, sus creencias y pensamientos.
Todos los cuentos considerados infantiles tienen una construcción similar. Presentan un principio y un final estereotipados y sus personajes muestran cualidades simples y muy marcadas. La descripción del espacio es escasa y las coordenadas temporales no son precisas. Cada personaje personifica un rol: o son muy buenos o muy malos, o muy bellas o muy feas, o muy listos o muy tontos, o muy pobres o muy ricos, o príncipes o mendigos. Todo esto responde a la psicología infantil, ya que en la mente del niño domina la polarización, porque no sabe ver, aún, que todos, en realidad, podemos ser buenos y malos a la vez.
Los cuentos surgen de una sociedad campesino-feudal, aunque la raíz última de los cuentos es antiquísima y se remonta a viejos mitos y leyendas. Es en la sociedad agraria estamental donde se han fraguado las formas actuales de los cuentos de encantamiento. Sus contenidos responden a esa estructura piramidal de la sociedad de príncipes, princesas, caballeros y vasallos o sirvientes.
El cuento tiene una misión concreta, que es preparar para el aprendizaje, iniciar en los ritos de socialización, ya que proporciona distintas claves sobre el futuro comportamiento que se espera del niño.
Los cuentos se habrían perdido en una maraña de versiones sí no se hubiesen preocupado de ello los recopiladores. Sin ellos, los estudios que se siguen realizando sobre el cuento no tendrían objetivo. Al cambiar la forma de vida, los pueblos habrían olvidado el hábito de narrar, y con él, habría desaparecido el último cuento.
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